Si se analiza el rol del profesor y su escenario, el
aula, queda claro que una cosa es saber algo y otra muy distinta es saber
enseñar eso que se sabe. Qué duda cabe de que quien enseña
debe dominar la materia objeto del proceso. Pero esto no es suficiente.
Los profesores de lenguaje y comunicación, por
ejemplo, ¿logran resultados por debajo de lo esperado porque no
saben lo suficiente sobre su tema, o será más bien porque
no logran motivar, capturar la atención y despertar el entusiasmo
de sus alumnos?
Probablemente recordemos a más de un profesor
de nuestra época universitaria, con posgrados y doctorados avalando
sus conocimientos, pero que eran un desastre como profesores. Sin duda
que sabían, pero... no sabían, valga la redundancia, enseñar
lo que sabían. El contenido del ramo es al profesor en su sala,
lo que la letra de la canción a un cantante frente a su público.
Para desempeñarse con éxito el maestro necesita bastante
más que saber la letra.
Nos referimos a las competencias de interacción
que hoy forman parte de la Inteligencia Emocional, tales como la comunicación
persuasiva, el escuchar activo, las destrezas para preguntar y verificar,
habilidades para despertar el interés de los aprendices, destrezas
para manejar el clima psicosocial en el aula, de liderazgo y conducción
de los alumnos, de manejo de la diversidad y de las diferencias, la empatía
con el grupo.
Mientras las competencias de inteligencia emocional
sigan ausentes de la formación de los maestros y, por ende, ausentes
de la sala de clases, los profesores podrán ser cada vez más
expertos en sus especialidades, pero poco eficaces en lograr aprendizajes
de mayor calidad.
Claudio Ibáñez S.
Psicólogo
Director Ejecutivo
Enhancing People S.A.
Instituto Chileno de Inteligencia Emocional