El desgaste físico producto de 11 partidos en
una semana era evidente. Al verlo en esos primeros planos luchando contra
sí mismo, no fueron pocos los que pensaron que iba a abandonar
y otros imaginaron la dramática y terrible posibilidad de que cayera
reventado por el sobreesfuerzo.
¿Si fisiológicamente estaba agotado y el marcador le era
adverso al término del tercer set, de dónde sacó
fuerzas y energías para correr, servir, ir a la red, bolear y,
finalmente, después de cuatro horas de un extenuante combate, ganar
el partido? Sólo las emociones puestas al servicio de los anhelos
pueden explicar lo increíble.
Cuando una persona se emociona todo su ser se moviliza
con una coherencia única e impresionante: la mente, la fisiología
del organismo y el comportamiento se mueven al unísono. No existen
otras respuestas que involucren de manera más completa e integral
a las personas que las emociones y la función principal de éstas
es energizar el comportamiento. Las emociones son a las personas lo que
el motor es al auto. El cuerpo solo no le habría permitido llegar
muy lejos a Massú. En cambio, bajo el influjo de las emociones,
el cuerpo pasa a ser gobernado claramente por la mente y comienza a operar
una suerte de “causalidad descendente”. Ya no es el cuerpo
el que fija los límites de lo posible, de lo que somos capaces
o incapaces de hacer, sino que la mente, nuestro pensamiento, nuestros
sueños y nuestros ideales. Massú comenzó a ganar
el match mucho antes de entrar al court olímpico, cuando en su
mente se dijo a si mismo “esta oportunidad es única en mi
vida. Ahora o nunca”, transformando el partido en su sueño
más increíble, seductor, irresistible, casi hipnótico.
Cómo atesoraríamos cada minuto de nuestra vidas y con qué
intensidad la viviríamos si cada momento que nos toca vivir lo
considerásemos como único e irrepetible, como una oportunidad
que jamás volverá a existir.
El contenido más importante de nuestra mente está
dado por nuestros pensamientos, por el significado que la damos a las
situaciones que enfrentamos, por la manera en que enfocamos las escenas
que vivimos. Y son nuestros pensamientos los que ponen en marcha nuestras
emociones. Los jugadores inteligentes, ha dicho Brad Gilbert, son aquellos
que durante el partido saben manejar sus emociones para ponerlas al servicio
de su desempeño. Sólo el manejo de las emociones, a través
del control del propio pensamiento, es lo que hace grande a las personas
frente a los desafíos que parecen insuperables. En las situaciones
límites es la mente la que hace la diferencia. Massú no
triunfó por disfrutar de los puntos ganados, sino por saber controlar
con rapidez las emociones destructivas cuando las cosas iban mal y energizarse
para continuar adelante en la lucha. Esto mismo es lo que le faltó
hacer en el U.S. Open la semana pasada. Tanto el triunfo como la derrota
de Massú dejan en evidencia, una vez más, el rol clave de
la inteligencia emocional para alcanzar desempeños exitosos en
situaciones altamente competitivas, exigentes y adversas..
Claudio Ibáñez S.
Psicólogo
Director Ejecutivo
Enhancing People S.A.
Instituto Chileno de Inteligencia Emocional